Sobre el camino

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Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

La palabra de Aarón Rivas Loaiza

En tiempos donde la política se ha vuelto sinónimo de intromisión, manipulación y cálculo electoral, el respeto se ha convertido en una rareza. Por eso, cuando un actor público decide conscientemente no intervenir, no operar, no meter “el cuerpo” donde no le corresponde, ese gesto adquiere una dimensión profundamente política y, sobre todo, ética.

El caso muy particular del ex alcalde de Culiacán, Aarón Rivas Loaiza, es ilustrativo. Tras una revisión exhaustiva con el gremio sindical del STASAC, se ha constatado que sus palabras no eran una coartada ni un discurso de ocasión: no ha tenido injerencia alguna en el proceso interno donde compiten las planillas encabezadas por Homar Salas y Zayda Flores. No hay operadores, no hay hilos invisibles, no hay sombra detrás del telón.

En una cultura política donde el poder suele confundirse con control, donde la tentación de intervenir en todo proceso es casi automática, la decisión de mantenerse al margen no es debilidad: es carácter. Es entender que los sindicatos no son botines ni extensiones del poder político, sino espacios autónomos de organización laboral que merecen respeto, incluso —y sobre todo— cuando uno tiene la experiencia, las relaciones y la influencia para intervenir.

Aarón Rivas Loaiza no solo ha sido consistente en su postura, sino que ha mostrado algo más raro todavía: humildad política. Ha reconocido que este proceso corresponde exclusivamente a las y los trabajadores del Ayuntamiento de Culiacán. Ha mostrado respeto por los contendientes, por las bases sindicales y, en un gesto de humanidad que no es menor, por la condición de salud de Sergio Torres Félix, evitando cualquier utilización política de una situación delicada.

En este contexto, también es pertinente ejercer el derecho de réplica con responsabilidad. Cuando se afirma algo y posteriormente se comprueba que no es cierto, la ética periodística y política exige una disculpa pública. No como acto de debilidad, sino como ejercicio de honestidad intelectual. Rectificar es una forma de dignidad, y reconocer un error fortalece la credibilidad de quien comunica.

Este episodio deja una lección más amplia para la clase política sinaloense: no todo debe pasar por el filtro del poder. No todo proceso social necesita padrinos políticos. No todo sindicato debe ser un campo de batalla de intereses externos. A veces, la mejor forma de gobernar —incluso desde fuera del cargo— es no intervenir.

Aarón Rivas Loaiza, en este caso, ha optado por la discreción, por el respeto institucional y por concentrarse única y exclusivamente en su vida personal y familiar. En un ambiente saturado de protagonismos y oportunismos, esa decisión es, paradójicamente, un acto de madurez política.

GOTITAS DE AGUA:

Que este caso sirva de espejo para otros actores que sí han decidido meter el cuerpo completo en un proceso que no les pertenece. Y que sirva también como recordatorio de que la política no solo se mide por la capacidad de influir, sino por la capacidad de saber cuándo no hacerlo.

Porque en una democracia sana, respetar los límites no es pasividad: es responsabilidad. Y en tiempos de ruido, el silencio respetuoso también puede ser una forma de liderazgo. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…   

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México Ahora
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