Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Tiemblan porque la reforma viene en cascada y amenaza con cerrar un ciclo de impunidad
El miedo de la oposición a vivir del voto
Hay un ruido que no viene del pueblo ni de la democracia herida. Viene del miedo. Un miedo antiguo, viscoso, que huele a curul heredada, a lista cerrada, a acuerdo en lo oscurito. Ese miedo explica la histeria de la oposición frente a la reforma electoral. No es la “dictadura” lo que los desvela; es la posibilidad real de quedarse sin chamba.
La discusión se ha llenado de gritos y etiquetas fáciles —“Ley Maduro”, “fin de la República”—, pero el fondo es mucho más simple y, por eso mismo, más incómodo: los plurinominales. Esos asientos que no se ganan con votos, sino con pactos. De 500 diputaciones federales, 200 no pasan por el juicio directo del electorado; de 128 senadurías, 32 llegan por la misma vía. ¿Quién vive de eso? Los mismos de siempre:PAN, PRI y sus rémoras. Si la reforma avanza, pierden la mitad —o casi todo— de su oxígeno político.
Por eso el nervio está expuesto. Por eso la exageración. Porque cuando el privilegio se toca, el discurso se radicaliza. Y entonces aparecen los viajes, las cartas, los lamentos en foros extranjeros. Empresarios y políticos tocando puertas en Estados Unidos, pidiendo presión internacional. El guión es conocido: cuando el negocio ya no conviene en casa, se exporta el drama. No es defensa de la democracia; es defensa de la renta.
La pregunta es brutal y necesaria: ¿están defendiendo instituciones o están defendiendo curules sin votos? Un tema que se disfraza de equilibrio. Porque cuando se acaban los plurinominales, se acaba el negocio. Se acaba el fuero cómodo. Se acaba el hueso. Y eso duele más que cualquier consigna.
Hay una consecuencia que pocos dicen en voz alta: con la reforma, ser político deja de ser un negocio rentable para quienes llegaron por la lana y no por el servicio. Muchos desertarán. No porque amen la democracia, sino porque sin atajos no saben competir. Y la evidencia está a la vista: en estados como Sinaloa, buena parte de la clase partidista vive pendiente de la lista plurinominal, calculando posiciones, sumando votos ajenos para colarse en los primeros lugares. No buscan representar; buscan asegurar.
Peor aún: los que más empujan por esas listas son, con frecuencia, los mismos rostros de siempre. Los que ya ocuparon cargos, los que administraron presupuestos, los que dejaron huellas visibles en el erario. Los que hoy gritan “autoritarismo” con la cola larga. La ciudadanía los reconoce; por eso tiemblan. Porque la reforma viene en cascada y amenaza con cerrar un ciclo de impunidad elegante, de saqueo con corbata, de décadas blindadas por la opacidad.
GOTITAS DE AGUA:
Que no nos distraigan. El debate no es pueblo contra democracia; es privilegio contra voto. No es libertad contra tiranía; es curul heredada contra representación real. Si la política deja de ser negocio, quizá —solo quizá— vuelva a ser servicio. Y eso explica el pánico: no están perdiendo la democracia; están perdiendo su lugar asegurado en ella. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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