Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El vampiro plurinominal
En la política mexicana solemos confundir ruido con poder. Creemos que manda quien grita, quien polariza, quien ocupa la conferencia mañanera o el trending topic. Pero el verdadero poder —ese que no necesita likes ni pancartas— opera en silencio, como una humedad antigua que carcome las paredes del sistema sin que nadie se detenga a oler el moho. Alberto Anaya es ese olor. Hablar de políticos fantasmas no es una metáfora literaria: es una descripción funcional del régimen. Anaya lleva más de tres décadas ocupando el mismo espacio de mando sin pasar jamás por el rito democrático de la victoria electoral. Treinta y dos años como presidente del Partido del Trabajo no son una anomalía; son un síntoma. El síntoma de un sistema que convirtió la representación en administración y la ideología en franquicia.
Anaya nunca ganó, pero siempre estuvo. Nunca convenció a la mayoría, pero siempre decidió. Es el triunfo de la permanencia sobre la legitimidad, del aparato sobre el voto. El plurinominal no como mecanismo de pluralidad, sino como forma de inmortalidad política. Veinticinco años viviendo del “nadie me eligió, pero aquí sigo”, una especie de monarquía burocrática camuflada de izquierda social. El PT no es un partido: es una extensión orgánica de su líder. Una estructura vertical que no discute, no delibera, no se renueva. Control absoluto de candidaturas, recursos, nombramientos. Un microestado patrimonial financiado con dinero público. Más de 700 millones de pesos anuales administrados sin el escrutinio proporcional a su origen. En cualquier otro ámbito eso se llamaría captura; en la política mexicana se llama aliado estratégico.
Y luego están los Cendis, esa zona gris donde la pedagogía se cruza con el negocio y la política con la familia. Guarderías que nacieron como proyecto social, se volvieron públicas, pero nunca dejaron de ser privadas en el sentido más perverso del término: controladas, operadas y beneficiadas por el mismo círculo de poder. Millones de pesos de las Secretarías de Educación estatales fluyendo hacia una red que, en el pasado, ya demostró tener vasos comunicantes con el partido. Se investigó. No pasó nada. En México, la impunidad no absuelve: normaliza. Aquí no estamos ante un caso de corrupción escandalosa, de esas que indignan una semana y luego se olvidan. Estamos frente a algo más inquietante: la corrupción estructural, la que no necesita sobres amarillos porque vive incrustada en la legalidad. La que no roba rompiendo la ley, sino diseñándola a su conveniencia.
Hoy, Alberto Anaya es indispensable. No por su visión de país, no por su fuerza electoral, sino por su aritmética parlamentaria. Morena, el partido que prometió demoler el viejo régimen, depende de uno de sus fósiles mejor conservados para aprobar reformas constitucionales. Y entre esas reformas está, irónicamente, la electoral: menos dinero público, menos plurinominales, menos partidos satélite. Es decir, menos Alberto Anaya.
La paradoja es brutal: para desmontar el sistema que lo hizo posible, el poder necesita el permiso de quien vive de ese sistema. El reformador suplicando al beneficiario. La transformación negociando con la conservación. No hay dialéctica aquí; hay cinismo funcional. Anaya no es un traidor a la Cuarta Transformación. Es su espejo más incómodo. La prueba de que el problema nunca fue solo el PRI, ni el PAN, ni los nombres propios, sino una arquitectura política que premia la astucia para enquistarse, no el mérito para representar. Un país donde se puede ser indispensable sin ser visible, poderoso sin ser popular, eterno sin ser elegido.
GOTITAS DE AGUA:
Quizá por eso incomoda tan poco. Porque cuestionarlo implicaría aceptar que la democracia mexicana no está secuestrada por villanos estridentes, sino por administradores silenciosos del status quo. Políticos que no necesitan carisma porque gobiernan desde el reglamento, el presupuesto y la negociación en lo oscuro. Alberto Anaya no es una excepción. Es una advertencia. Y mientras sigamos mirando solo a los reflectores, los fantasmas seguirán decidiendo el rumbo del país. Sin votos. Sin ruido. Sin pudor. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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