Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El niño que creyó que Mocorito era el centro del mundo… y no se equivocó
Hay trayectorias políticas que se explican con estadísticas, y hay otras que solo pueden comprenderse desde la entraña humana. La del doctor Eligio López Portillo pertenece, sin duda, a este segundo territorio: el de quienes no llegaron por herencia ni por atajos, sino por una convicción que se fue templando en la carencia, el trabajo temprano y una fe inquebrantable en el poder transformador del estudio.
Nacido en el ya desaparecido pueblo de Palos Colorados, en el municipio de Mocorito, el diputado Eligio creció en un entorno donde la pobreza no era discurso, sino realidad cotidiana. Sin embargo, desde niño mostró una mirada distinta sobre el mundo. Hay algo casi poético —y profundamente revelador— en aquel asombro infantil que lo llevó a creer que el tranvía que subía las cuestas estaba vivo y que Mocorito era la capital del mundo. No era ingenuidad: era imaginación como acto de resistencia. Era la mente de un niño que, aun sin saberlo, se negaba a aceptar límites impuestos por la geografía o la condición social.
Esa rebeldía silenciosa tuvo una arquitecta fundamental: su madre. Una mujer que no sabía leer ni escribir, pero que supo leer la historia. Desde la radio entendió lo esencial: que la educación era la única llave capaz de romper los candados de la pobreza. Esa sabiduría intuitiva, nacida no de los libros sino de la necesidad, marcó para siempre el rumbo de su hijo. Bajo su guía, Eligio aprendió que el conocimiento no es un privilegio, sino un derecho que se conquista. Antes de ser doctor, antes de ser legislador, antes de ocupar una curul, fue niño trabajador. Mandadero de presos, vendedor de dulces, aprendiz temprano de la vida dura. Pero también fue sembrador de futuro. Cada jornada, cada peso ganado, cada cansancio, llevaba implícita una promesa: el hambre de hoy sería la abundancia del mañana. Esa frase no es metáfora; es una ética de vida.
Hoy, como diputado local de Morena y presidente de la Comisión de Fiscalización del Congreso del Estado, Eligio López Portillo no ha olvidado de dónde viene ni para qué sirve el poder público. Su visión no se construye desde el escritorio, sino desde la experiencia. Por eso entiende que fiscalizar no es solo revisar números, sino cuidar que los recursos públicos cumplan su misión social. Que cada peso tenga rostro humano. Que la legalidad no sea un trámite, sino una garantía de justicia.
“El que respira, aspira”, dice. Y en esa frase se condensa su filosofía política. Para él, el ser humano es un proyecto en construcción permanente. No hay destinos clausurados ni historias cerradas. Hay procesos. Hay responsabilidad. Hay congruencia. Por eso su discurso no es grandilocuente, sino profundamente ético: la transformación comienza en el hogar, se sostiene en los valores y se concreta en la conducta diaria. En tiempos donde la política suele confundirse con ambición personal, la figura de Eligio López Portillo recuerda algo esencial: la izquierda no es una etiqueta, es una práctica. Una izquierda natural, nacida de la experiencia de la desigualdad, de la empatía con los que menos tienen y de la convicción de que el Estado debe servir para equilibrar, no para privilegiar.
Su persistencia itinerante —esa capacidad de nunca darse por llegado, de siempre estar en proyectos, de asumirse listo para nuevas responsabilidades— no es ansiedad de poder, sino vocación de servicio. Es la conciencia de que gobernar es un acto inacabado, una tarea que exige preparación constante y coherencia moral.
GOTITAS DE AGUA:
Eligio López Portillo no es solo un legislador; es el testimonio vivo de que el destino no está escrito en la carencia, sino en la voluntad. Su historia nos recuerda que la política, cuando se hace con sensibilidad y memoria, puede ser una herramienta de dignidad colectiva. Y que aún es posible creer —como aquel niño que veía vida en el tranvía— que el mundo puede moverse si alguien se atreve a empujarlo con convicción. Porque al final, transformar no es prometer: es vivir de tal manera que otros descubran que también pueden aspirar. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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