Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Sinaloa y la reforma que puede voltearlo todo
En política, los temblores más fuertes no siempre se anuncian. A veces no hay sirenas, ni discursos altisonantes, ni rupturas públicas. Solo un silencio tenso, acuerdos que ya no fluyen y certezas que comienzan a resquebrajarse. Eso es exactamente lo que hoy rodea a la reforma electoral y su posible impacto en Sinaloa.
Porque si algo ha quedado claro en los últimos días es que la reforma no camina sola. No basta con la voluntad presidencial ni con la narrativa de transformación. Ricardo Monreal fue tan claro como incómodo para muchos: sin el PT y el Partido Verde no hay cambios constitucionales. Y cuando una frase así se pronuncia desde la coordinación de Morena en San Lázaro, lo que se revela no es debilidad, sino la cruda realidad del poder compartido.
Ahí comienza la tensión real. El PT y el PVEM no están dispuestos a inmolarse en el altar de la reforma. La reducción o eliminación de plurinominales y el recorte al financiamiento partidista tocan fibras sensibles: supervivencia, influencia y futuro. El PT podría ceder algo, a cambio de candidaturas; el Verde no parece dispuesto a perder espacios legislativos que lo han mantenido vigente. Morena, por su parte, no quiere ceder lo que considera estratégico. El resultado: un punto muerto justo cuando el calendario legislativo ya no concede treguas.
Pero mientras el debate parece concentrarse en el Congreso, el verdadero sismo podría sentirse en los estados. Y Sinaloa aparece como una de las placas más frágiles, ya que su alcance en su padrón electoral es uno de los más bajos del país y, por ende, sacrificable. Hoy hay actores que se sienten cómodos, incluso adelantados, en la carrera por suceder a Rubén Rocha Moya. Nombres que ya se mueven como si el tablero estuviera fijo. El problema es que el tablero no está fijo. Si los acuerdos nacionales requieren sacrificios, las gubernaturas se vuelven moneda de cambio. No por capricho, sino por matemática política.
Sinaloa no sería una excepción. Ya lo fue en 2016, cuando Quirino Ordaz Coppel transitó del Verde al PRI para encajar en un acuerdo mayor que terminó llevándolo a la gubernatura. Aquello no fue improvisación: fue ingeniería política pura. Hoy, con una reforma electoral en juego, el escenario podría repetirse bajo otras siglas y con otros protagonistas.
No es descabellado pensar que Sinaloa entre en una negociación mayor para garantizar votos en la Cámara de Diputados o en el Senado. Ahí es donde los partidos satélite adquieren un peso que va más allá de lo local. Ahí es donde los colores se vuelven intercambiables y las lealtades, negociables. Incluso figuras del oficialismo —los de la vinotinto— podrían verse obligadas a cambiar de piel si el acuerdo nacional así lo exige.
GOTITAS DE AGUA:
Por eso nadie debería cantar victoria. Ni quien hoy encabeza encuestas, ni quien se siente bendecido desde el centro. La reforma electoral no solo busca modificar reglas; puede reconfigurar mapas completos. Y cuando los intereses de las altas esferas coinciden en provocar un movimiento telúrico, los cambios no preguntan a quién sacuden.
Sinaloa está, otra vez, en una zona sísmica. Y en política, como en la tierra, los primeros en caer son siempre los que creyeron que el suelo era firme. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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