Sobre el camino

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48 Versículos de la Biblia sobre 'Camino' - DailyVerses.net
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Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

El hombre que levantó la mano sin levantar la voz

Antes de que el calendario marque 2027, ya hubo alguien que caminó. No desfiló. No levantó trofeos ni colgó medallas. Caminó. Con los zapatos gastados de la vida pública y el paso sereno de quien no corre para llegar primero, sino para llegar entero. Ambrocio Chávez Chávez no aparece como una figura solemne de retrato oficial; aparece como un hombre sencillo, de izquierda natural, con una historia catedrática que ya cumplió un sueño y ahora se permite otro: servir a Salvador Alvarado, esa “Tierra Santa” donde la política suele confundirse con ruido y no con sentido.

Levantar la mano no siempre es ambición. A veces es memoria. A veces es una deuda íntima con el lugar que nos formó. Para Ambrocio Chávez, aspirar a la alcaldía no es una elegía ni una analogía grandilocuente: es un acto humano. No persigue un cargo como fin, sino como medio para enfrentar retos y necesidades sin el filtro miope de los colores partidistas. Serio, cauteloso, con sentido común —esa virtud tan escasa—, entiende que gobernar no es imponer, sino comprender.

Aquí no hubo streams, ni anuncios al vapor, ni fuegos artificiales de marketing. Hubo tiempo. Hubo espera. Hubo respeto. Antes del anuncio hubo disciplina, ese apretar el índice de fuego que no dispara, sino que piensa. No se le debe el turno; se lo ha ganado con constancia y obediencia. En una época obsesionada con romper récords, Ambrocio parece recordar algo elemental: hay sueños que no nacen para viralizarse, sino para cumplirse en silencio, detenidos por años en la costumbre humana hasta que las circunstancias los liberan.

El profesor Ambrocio Chávez ha construido algo más frágil y más valioso que un cargo: una reputación. No ha detenido su marcha, ni su vida familiar, ni su entrega. Su carácter es armonioso, pero no ingenuo; analiza el comportamiento social y reconoce las debilidades del entorno. Defiende ideales sin gritar, respeta opiniones cuando el mar de la indiferencia golpea con fuerza, y aun así exhorta a la paz y a la libertad de pensamiento. En tiempos de estridencia, eso es casi un acto revolucionario.

Es un orador de palabra simple, sin adornos. No busca el aplauso, busca el reconocimiento de la sinceridad. Tiene humildad de albañil: sabe que hay bardas que deben derrumbarse —la de la incomprensión, la de la desconfianza, la del odio— para alcanzar otra más alta y más fértil: la de las ideas. Ha transitado con orden, aplaude incluso aquello que no coincide con su forma de pensar, porque entiende que el peor error de la política, de derecha o de izquierda, es convertir a las personas en máquinas, en autómatas programados para obedecer.

Si Ambrocio Chávez aspira a la alcaldía de Salvador Alvarado es porque la libertad se lo permite y la conciencia se lo exige. Se rige como un ciudadano más, como un hombre libre, como cualquiera de nosotros. Y, sin embargo, se atreve a creer que puede interpretar el anhelo más antiguo y más simple de todos: vivir en paz. Ser libres. Llegar a los hijos de nuestros hijos a un lugar donde reine la concordia, la buena voluntad y la estabilidad que hace posible el desarrollo.

GOTITAS DE AGUA:

En un país acostumbrado a medir a sus políticos por el brillo del frac o el peso de las condecoraciones, vale la pena detenerse a mirar a un hombre que aspira, no solo a gobernar, sino a vivir en paz con los demás. Reconozcamos lo que somos: no clientes, no ratones de laboratorio, sino seres humanos que sienten, sufren y lloran. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…                  

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