Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La revancha silenciosa de Ambrocio Chávez
La política, a diferencia de la inmediatez que hoy la domina, no suele premiar al estridente ni al impaciente. Se parece más a una rueda de la fortuna que gira lentamente: sube, baja, marea, y sólo favorece a quien permanece de pie cuando las circunstancias —caprichosas pero inevitables— deciden alinearse. La revancha política no llega gritando; llega en silencio, con mesura, cuando el tiempo alcanza a quienes supieron esperar.
En ese registro aparece Ambrocio Chávez Chávez. No como un fenómeno coyuntural ni como una figura fabricada al calor del poder, sino como resultado de una acumulación paciente de convicciones, derrotas y persistencias. En una época donde abundan los políticos de temporada,Ambrocio representa otra estirpe: la de quienes llegaron cuando no había reflectores, ni encuestas favorables, ni rentabilidad electoral.
Conviene decirlo con honestidad, incluso con crudeza: hubo campañas donde la izquierda no era bienvenida, donde las puertas permanecían cerradas y los saludos eran esquivos. Se recorrían comunidades sin aplausos, se acumulaban derrotas sin consuelo. Pero esas derrotas, paradójicamente, fueron el abono de lo que hoy es Morena. Nada de lo que hoy parece sólido nació de la comodidad; todo surgió de la terquedad histórica de insistir cuando insistir parecía absurdo.
Ambrocio Chávez es hijo político de ese tiempo. Como diputado del Distrito 9 —Angostura, Navolato y Salvador Alvarado— y como presidente de la Comisión de Hacienda Pública y Administración, ha optado por una forma cada vez más escasa de hacer política: la serenidad. No la serenidad del cálculo frío, sino la del que sabe que el poder es transitorio y que el verdadero capital político se construye con coherencia. Su cercanía con el gobernador Rubén Rocha Moya no es oportunismo; es consecuencia de una relación forjada cuando ser de izquierda era sinónimo de resistencia, no de privilegio.
Aquí cabe una reflexión autocrítica para la propia clase política, incluida la de Morena: el poder suele intoxicar la memoria. Se olvida rápido de dónde se viene y por qué se llegó. La tentación de la soberbia siempre acecha a quienes hoy gobiernan. Por eso, figuras como Ambrocio Chávez funcionan también como recordatorio incómodo: el proyecto no se sostiene por imposiciones, sino por trayectorias; no por estridencias, sino por consistencia.
Rumbo al 2027, Salvador Alvarado no sólo observa un posible relevo municipal, observa una prueba de madurez política. Hoy no se percibe, al menos con claridad, quién pueda hacerle sombra a un perfil que camina sin prisa, pero sin pausa. Y eso, en política, suele ser más determinante que cualquier campaña anticipada.
GOTITAS DE AGUA:
La filosofía política enseña que el tiempo no premia al más rápido, sino al más constante.Ambrocio Chávez parece haber entendido esa lección hace años. No corre; avanza. No grita; permanece. Y quizá ahí radica su mayor fortaleza: en una política saturada de ruido, la serenidad termina siendo el acto más radical.
La rueda sigue girando. Algunos apenas se suben; otros aprendieron a esperar. Y cuando la historia decide ajustar cuentas, suele hacerlo con quienes nunca se bajaron del camino. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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