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Sobre el camino

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Votar con los ojos cerrados

No es la importancia del personaje lo que lo vuelve paradigmático, sino su utilidad como síntoma. Tomo —a manera de arquetipo y no de sentencia judicial— figuras como la del alcalde de Elota, Richard Millán, para ilustrar una patología recurrente del poder local: la conversión del cargo público en mercancía simbólica, del presupuesto en botín narrativo y del servicio en performance. No gobiernan: se exhiben. No administran: se apropian del relato. En ese tránsito, la ética deja de ser norma y se vuelve estorbo.

La política, en su acepción clásica, exige una racionalidad orientada al bien común; la politiquería, en cambio, opera bajo una lógica crematística: maximizar beneficios privados bajo el disfraz de la representación popular. El problema no es menor ni anecdótico; es estructural. Cuando el funcionario confunde la viralidad con la legitimidad, y el aplauso con la rendición de cuentas, el poder se estetiza y la responsabilidad se evapora. El erario deja de ser instrumento de justicia distributiva para convertirse en combustible de egos.

Hemos normalizado un modelo degradado de gobernanza donde el mérito se mide por likes, la sensibilidad por consignas y la capacidad por obediencia a la marca partidista. Votar a ciegas por un logotipo es abdicar del juicio cívico; es sustituir la deliberación por el fanatismo y la ética por la inercia. El resultado es previsible: gobernantes sin brújula moral ni densidad técnica, administradores de ocurrencias que desprecian la complejidad social que dicen representar.

Ser político no es ocupar un cargo; es asumir una responsabilidad histórica. Sin embargo, hoy proliferan quienes coleccionan el adjetivo de “honorable” como si fuera un trofeo retórico, mientras vacían de contenido la honra con prácticas que la contradicen. La frustración ciudadana no surge de la política en sí, sino de su caricatura: la politiquería como ocupación parasitaria que se alimenta del deterioro cotidiano de la calidad de vida.

La apatía social —esa frase hecha de “no me gusta la política”— es menos ignorancia que cansancio moral. No es rechazo al gobierno, sino hastío ante el simulacro. Pero esa fatiga tiene un costo: sin alfabetización cívica mínima, el electorado se vuelve presa fácil de impostores con sonrisa de campaña y convicciones de utilería. Urge, entonces, distinguir funciones, responsabilidades y límites; separar al líder del oportunista, al servidor del mercader.

La política, en su raíz etimológica, remite al arte de gobernar la polis. Arte, no espectáculo. Gobierno, no ocurrencia. Bienestar colectivo, no enriquecimiento narrativo. Exige atender lo medular: seguridad con dignidad, desarrollo con equidad, legalidad con humanidad. Todo lo demás es ruido.

GOTITAS DE AGUA:

El desafío no es menor: desmontar la demagogia sin caer en el cinismo; recuperar la ética sin ingenuidad; ejercer la crítica sin renunciar a la esperanza. Porque cuando el poder se queda sin filosofía, la política se vuelve ruido, y el gobierno, una sombra que administra el olvido. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Votar con los ojos cerrados

No es la importancia del personaje lo que lo vuelve paradigmático, sino su utilidad como síntoma. Tomo —a manera de arquetipo y no de sentencia judicial— figuras como la del alcalde de Elota, Richard Millán, para ilustrar una patología recurrente del poder local: la conversión del cargo público en mercancía simbólica, del presupuesto en botín narrativo y del servicio en performance. No gobiernan: se exhiben. No administran: se apropian del relato. En ese tránsito, la ética deja de ser norma y se vuelve estorbo.

La política, en su acepción clásica, exige una racionalidad orientada al bien común; la politiquería, en cambio, opera bajo una lógica crematística: maximizar beneficios privados bajo el disfraz de la representación popular. El problema no es menor ni anecdótico; es estructural. Cuando el funcionario confunde la viralidad con la legitimidad, y el aplauso con la rendición de cuentas, el poder se estetiza y la responsabilidad se evapora. El erario deja de ser instrumento de justicia distributiva para convertirse en combustible de egos.

Hemos normalizado un modelo degradado de gobernanza donde el mérito se mide por likes, la sensibilidad por consignas y la capacidad por obediencia a la marca partidista. Votar a ciegas por un logotipo es abdicar del juicio cívico; es sustituir la deliberación por el fanatismo y la ética por la inercia. El resultado es previsible: gobernantes sin brújula moral ni densidad técnica, administradores de ocurrencias que desprecian la complejidad social que dicen representar.

Ser político no es ocupar un cargo; es asumir una responsabilidad histórica. Sin embargo, hoy proliferan quienes coleccionan el adjetivo de “honorable” como si fuera un trofeo retórico, mientras vacían de contenido la honra con prácticas que la contradicen. La frustración ciudadana no surge de la política en sí, sino de su caricatura: la politiquería como ocupación parasitaria que se alimenta del deterioro cotidiano de la calidad de vida.

La apatía social —esa frase hecha de “no me gusta la política”— es menos ignorancia que cansancio moral. No es rechazo al gobierno, sino hastío ante el simulacro. Pero esa fatiga tiene un costo: sin alfabetización cívica mínima, el electorado se vuelve presa fácil de impostores con sonrisa de campaña y convicciones de utilería. Urge, entonces, distinguir funciones, responsabilidades y límites; separar al líder del oportunista, al servidor del mercader.

La política, en su raíz etimológica, remite al arte de gobernar la polis. Arte, no espectáculo. Gobierno, no ocurrencia. Bienestar colectivo, no enriquecimiento narrativo. Exige atender lo medular: seguridad con dignidad, desarrollo con equidad, legalidad con humanidad. Todo lo demás es ruido.

GOTITAS DE AGUA:

El desafío no es menor: desmontar la demagogia sin caer en el cinismo; recuperar la ética sin ingenuidad; ejercer la crítica sin renunciar a la esperanza. Porque cuando el poder se queda sin filosofía, la política se vuelve ruido, y el gobierno, una sombra que administra el olvido. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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