
Adoptar una rutina de ejercicio cuando se ha llevado una vida sedentaria puede parecer complicado, pero el cambio no tiene que ser radical.
Lo más importante es comenzar de forma progresiva y con metas realistas que permitan crear un hábito sostenible en el tiempo.
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El primer paso es consultar a un profesional de la salud, especialmente si existen antecedentes médicos o mucho tiempo sin actividad física. Una vez descartados riesgos, se recomienda iniciar con ejercicios de bajo impacto, como caminatas de 15 a 20 minutos, tres veces por semana.
La clave está en la constancia más que en la intensidad. Aumentar gradualmente la duración y frecuencia ayuda a evitar lesiones y frustración. También es útil elegir actividades agradables, como bailar, nadar o andar en bicicleta, para mantener la motivación.
Otro consejo importante es establecer objetivos pequeños y alcanzables. En lugar de pensar en cambios físicos inmediatos, conviene enfocarse en mejorar la energía, el estado de ánimo y la calidad del sueño.
Incorporar pequeños movimientos en la rutina diaria —como usar escaleras, caminar distancias cortas o realizar pausas activas— también contribuye a romper el sedentarismo.
Empezar a hacer ejercicio no significa transformar la vida de un día para otro, sino dar pasos firmes hacia una versión más activa y saludable.
