CIMATARIO

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El Cimatario M. Mont
El Cimatario M. Mont
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A veces nada te detiene cuando vas descendiendo

 y en el fondo no se encuentra la salida

en el fondo solo existen los comienzos.

Cuervos, La Barranca

Es como salir de un sarcófago, con el cuerpo entumecido y semblante cadavérico. Los huesos me truenan por el desuso, la espalda me duele de estar acostado, las piernas se me doblan al primer intento de pararme. “¡Ya no puedo más!”, me digo para tomar fuerzas. Al levantarme siento que mi cuerpo se desgaja. Me visto con la mirada baja, tomo su labial, la última de sus pertenencias que resguardo y voy a su casa antes de que salga el sol.

Había mudado mis pretensiones a la ciudad de Querétaro con el sueño de cualquier migrante: una vida mejor. Su optimismo me abrazaba, el calor del Bajío me fortalecía. Pero te fuiste. Me sentí tan vulnerable. Y ahora la Ciudad me parece una aldea inhóspita, fría, llena de viajeros nostálgicos y originarios resentidos con los foráneos. 

Me estaciono al lado de la reja de su privada. Me estiro para poder abrir la puerta del copiloto. Buenos días, adelante. Me desabrocho el cinturón de seguridad para alcanzar la puerta y cerrarla. ¿Lista? Vámonos. El aire del canal se cuela por la ventana y hace que me pique la nariz, estornudo sin escuchar un “salud”. Mientras driblo los baches de Avenida de la Poesía, pongo un disco de La Barranca.

No encuentro sosiego, me asedian las dudas. No sé en qué momento te perdí. Simplemente desapareciste como si hubieras fallecido, de una muerte súbita, sin ninguna explicación. Aunque en realidad fue a mí a quien habías finado desde hace tiempo. Desapareciste, te fuiste sin despedida. Siento el duelo de un cuerpo ausente en un velorio sin difunto.

¡Bernardo Quintana está vacía¡ ¿Ya viste? Qué cómodo se maneja así. Contrasta con las tardes donde el tráfico la vuelve un fastidio. ¿Quieres cambiar la música?, adelante. Tú tienes buen gusto. El poniente ya no reflejaba el color de una rosa Bengala. La llegada excesiva de migrantes, la construcción desmedida de viviendas, el mantenimiento de calles y remodelación de avenidas había mutado la Ciudad en un lugar gris e inmóvil. 

Por medio de un crédito bancario había adquirido un pequeño departamento. Disfrutaba de su calidez, era dichoso al llegar del trabajo y verlo limpio y amueblado. Todo cambió cuando te fuiste: lo descuidé y se convirtió en un ataúd resquebrajado, una caja que resguardaba a un animal en descomposición, era una pocilga que olía a fracaso, apestaba a abandono. Cargado de emociones, rumiaba todo lo ocurrido. Intentaba entender por qué alguien que juró apreciarme, de la noche a la mañana huía, como si no hubiera existido. Sólo hubo conexión de un lado. Te quería echar al olvido, pero no podía deshacerme de algo tan significativo para mí sin alguna razón. 

¿Ya viste? Llegamos tan rápido que aún no abren. La Ciudad no es tan grande, si no hay tráfico se llega sin problemas a cualquier lugar. Apago el carro. Froto mis manos para librarme del frío que me entumece los dedos. Antes de salir saco de mi mochila dos yogures. Toma, para que no tengas el estómago vacío, y no te preocupes por el agua aquí tengo dos botellas.

Estaba convencido de haberme mudado, feliz de haber echado raíces en otro lugar, satisfecho con la compra de un inmueble y después, por tu partida, hiciste que dudara. Nunca me había hecho la pregunta que todo migrante se hace en una crisis: ¿Qué estoy haciendo aquí? La ciudad luminosa y abrigadora que me pareció Querétaro al entrar por la 57 ahora era un desierto de soledades y egoísmos. Y así fue: me sentí solo y lastimado por alguien que sólo pensó en sí misma. Por primera vez, desde que me mudé, me sentí desamparado con el síndrome de Ulises quemándome los pies, menesteroso de atención, de reconectar con amigos y familiares. Tú no cambiaste. Estaba en tus convicciones y, aún más fuerte, en tu sangre: como la de todos los migrantes, los que se van, los que no forman suficiente apego por algo que los retenga, los que salen de su casa para no volver, con la fuerza de abandonar un infierno y la esperanza como red para las continuas caídas. Quizá me equivoco, tal vez no eres la aventurera, la amante del vértigo, sino la que evita el desasosiego a través del desarraigo y la huida. 

¿Ya te lo terminaste? ¡Pues vamos! Tomo mi recipiente vacío y el lleno. Los pongo en la parte trasera del carro. Salgo del auto y el viento me pega directo en la cara, me cubro con un gorro y me pongo el cubrebocas. Abro la puerta del copiloto. Qué bueno que estás abrigada, hace mucho frio. Dos perros nos reciben en el portón del Cimatario. Los mismos perros que nos acompañaron hasta la cima en nuestra primera cita. 

─Hola, peluchines, ¿cómo están, preciosos? ─Los saludo con el aprecio que me enseñaste a otorgarles.

No había conocido a alguien con un amor tan profundo por los perros. De ellos, me decías, habías aprendido a desprenderte del ego. La idea me encantó. Es una proeza, es casi imposible eliminar el ego que domina a la mayoría. Pero contigo era una verdad a medias. Con tus perros te anulabas, es cierto, pero con todo lo demás te centrabas en ti. Yo fui el perro que un día encontraste en la calle, alimentaste afuera de tu casa, para después llevarlo afuera y cerrarle la reja de tu privada. Iluso, lo nombraste.

─¿Sólo una persona? ─Pregunta el portero. 

─No, somos dos. 

Me mira con sorpresa y voy directo a la bitácora de visitas. Ya te anoté. Vamos, que el camino es largo. Alzo la vista y unos rayos violáceos advierten la bruma que desdibuja el contorno del Cimatario.

Jajaja tu descripción. Fue lo primero que me dijiste al leer mi presentación en Facebook Parejas. Te escribí y de inmediato creamos un lazo como se forman en estos tiempos: con mensajes, audios, nos compartíamos música, imágenes, videos. Hablábamos de los sinsabores del día, te contaba de mi desahogo alcohólico los fines de semana, tú me platicabas del hostigamiento de tus compañeros de trabajo. Después, cuando nos vimos, sufriste de mi irritabilidad por la presión laboral, y yo me di cuenta de tu melancolía por el síndrome de orfandad: lo difícil que te resultaba cargar con el abandono voluntario de tus padres. No me importó, me centraba en tus virtudes: tu altura imperial, lo ocurrente, divertida, lo sagaz que eras para descubrir móviles e interpretar personalidades y muchas más cualidades, que te dije cuando te pedí ser mi novia en la terraza de La Grupa. No imaginé que nuestra relación acabaría como empezó: con un simple mensaje en una red social, aunque no fuera de despedida. 

A simple vista parece más sencillo, ¿verdad? Digo jadeando. Me empiezo a marear por el esfuerzo. Mi vista se oscurece, el ruido de los insectos se mezcla en mis oídos, el olor a humedad se filtra por el cubrebocas. Espera, digo con la voz entrecortada. El empedrado me lastima la planta de los pies. Simulo para recuperar el aliento. Siento como el sudor corre por debajo de mi playera y el aire me congela la cara. ¡Vamos! Llevamos buen ritmo. Tenemos que llegar a la cima antes de que salga el sol. Digo al retomar el camino.

Había acatado tu mandato de tener relaciones hasta que estuvieras lista. Espérate, sólo llevamos un mes de conocernos, me decías cuando dormíamos juntos. Me sentía como un perro amarrado con el olor del celo en la nariz. Un día, antes de salir de farra, vi en tus ojos la aprobación de quien se mantuvo a raya el tiempo necesario. Bebimos unas cervezas en el callejón Matamoros para iniciar la noche. Después nos vimos con unos amigos en Carranza. Tuve que fijar mi vista en el suelo para no caer en la tentación de ver el desfiladero, el escote panorámico de la novia de mi amigo, te enojaras y mantuvieras mi celibato. Salimos bebidos del bar y te dije que te pusieras alerta para no estamparnos en el Fray Junípero. Estaba temeroso: en la madrugada los retornos suicidas, los camiones de carga, los libramientos sinuosos convierten la Ciudad en una necrópolis.Preferiste desgarrarte la garganta con canciones de Janis Joplin. Si voy a morir será cantando a la Bruja Cósmica, dijiste sin poner atención en el camino. El estado de alerta me agotó. Abrí la puerta del departamento, resoplé de alivio y me desparramé en el sillón. Fue ahí cuando saltaste sobre mí. Recobré los bríos. Te besé con la gula de quien lleva dos meses reservando un banquete. No recuerdo mucho, sólo que dejamos la cama chorreando por nuestros humores, que en la madrugada nos hicieron cambiar de cuarto, por el líquido frío que nos incomodaba. Al día siguiente, dejaste tu labial en el baño, a modo de señal, para que quien entrara lo viera.

¿Cómo vas? ¿No te has cansado? Qué bueno porque sigue lo difícil. Digo en la entrada del camino de la Zarigüeya mientras saco una botella de la mochila. ¿Quieres agua? Estiro la mano sin respuesta. Raspo la suela de mis tenis en una piedra, para desprender la plasta de barro que hace más pesados mis pies. 

Hay algo o tal vez una persona muriendo dentro de mí, la que tenía fe en ti, en tu género, en todas las personas. Cambiaste mi percepción. Fue tan bajo tu comportamiento, es un crimen ghostear a alguien, con la cobardía contemporánea. No merecía tu mutismo. Es una irresponsabilidad solucionar todo con la huida. Me cansé de las hipótesis de tu desinterés, de tu silencio y luego de tu abandono. En la desolación de la noche, repetía tu nombre con gritos agónicos, para que una ley de atracción llegara a tus oídos y me llamaras. No funcionó. En cambio, el eco de la sensatez me repetía que te soltara, que te dejara ir.

Ya se alcanzan a ver las antenas. Sólo estas escaleras y llegamos. Me resbalo y dejo caer la botella. Cuidado, las escaleras están húmedas. Ayúdame a levantar, por favor. Estiro la mano, pero no recibo ayuda. Me levanto por mis medios y sigo adelante. 

Son tiempos difíciles para entablar cualquier tipo de relación. Pocos tienen responsabilidad afectiva. Es más fácil desaparecer, dejar de hablar, que el complicado proceso de construir una relación. Después del primer mes logré esbozar unas sonrisas, pude disfrutar de momentos donde no me pesaba tu fechoría, pero de pronto, sin previo aviso, sobrevenía tu recuerdo aplastando todo tipo de felicidad. Me convertiste en una duda. ¿Fui yo? ¿Fuiste tú? ¿Hubo alguien más? Debí haberlo previsto: siempre me amenazabas que un engaño, por pequeño que fuera, te ibas. Y así fue, aunque la traición fue de tu parte. En mis relaciones había aprendido a no entregarme de manera total, pero desde que te fuiste no lograba iniciar ni una amistad, porque sentía que te habías llevado todo, que ya no tenía nada que ofrecer. Me sentía vacío, desollado, sin la posibilidad ni ánimos de superarme. Como si te hubieras llevado algo, un órgano o una medicina vital para mi salud. Si no fue nada material por lo menos fue mi personalidad, mi orgullo. Me convertí en una persona que no se sentía digna de entablar una relación con alguien y me aislé. 

¡Llegamos! Casi no se ven por la bruma, pero ahí están las piedras del mirador donde se ve toda la Ciudad. Digoentusiasmado. Te adelantas hacia la cima. ¡Espera! Te grito. ¡Hay que llegar juntos! Te grito más fuerte. Corro hacia las piedras, pero no consigo alcanzarte. Sólo veo como tu silueta se pierde entre la niebla. Llego agitado, pero sigo solo, envuelto en la bruma. Me quito el cubrebocas. El vaho de mi boca sale como un rugido. No son jadeos, son suspiros de catarsis. De pronto, una esfera opaca se vislumbra como un faro, es el fin del concierto, un globo de Cantoya que se eleva en una mañana brumosa. El sol sale con más intensidad y ahora estoy en medio de un cúmulo naranja. Empuño tu labial, veo la niebla a ras de piso, huyendo del lugar. Amanece y veo todo con claridad:

Pude haber esperado mucho más tiempo y nunca llegaría un mensaje tuyo. Por tu apatía en la relación te extrañé sin haberte ido y cuando en verdad te fuiste no te he dejado de anhelar. Seis meses después, a partir del último mensaje, donde te avisaba que dormía temprano para ir a trabajar, se me hizo suficiente tiempo para salir de casa. Seis meses después eliminé las conversaciones, borré tu número, limpié la casa, tiré tus cosas, seis meses de estar enterrado en vida para consolidar que tu partida fue definitiva. Necesitaba una explicación. Saber el porqué de tu fuga y tener una respuesta para amigos y familiares que me preguntaban por ti. No pretendía generar intriga al decir que por diferencias irreconciliables o que simplemente te fuiste, o que el orgullo, un infantil juego de poder, para ver quién buscaba al otro, se nos fue de las manos hasta que se perdió el interés. Rasgaba las paredes, aullaba como un loco, lloriqueaba como un niño por la abstinencia a escribirte. El miedo a que no me contestaras aumentaba el temor. Esa era la razón más fuerte para no comunicarme contigo. Por las noches el insomnio y el silencio aumentaban el suplicio. Rezaba como un devoto para tolerar el dolor, le imploraba a un Dios que no venero que me otorgara resistencia. Pero ¡ya no puedo más! Ya no me romperé la cabeza para entender tu desaparición. Por eso, seis meses después, vengo aquí, a renunciar a la idea de que regresarás, para dejar de soñarte, de anhelar una llamada, un mensaje que justifique tu escape. Pude haber bebido, hacer ejercicio, corrido maratones, pero preferí subir este cerro como en nuestra primera cita, agradecer todos los buenos momentos y por fin decir adiós. Lo admito: me dolió, pero yo no te deseo dolor, deseo que el tiempo haga su trabajo, que los recuerdos que tengo grabados se disuelvan, que los momentos acumulados huyan como tú, que ya no recuerde ni tu rostro. Que al final sólo seas un nombre, una palabra, un sonido que al escucharlo cause un leve escozor en mi interior.

Lanzo el labial con todas mis fuerzas hacia el vacío. Derramo unas cuantas lágrimas. Las últimas, me prometo. El cielo se abre por completo y a mis pies se vislumbra una Ciudad luminosa y abrigadora.

M. Mont, Querétaro, noviembre, 2022

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México Ahora
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