Sobre el camino

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Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Una sombra jurásica en el cabildo

Hay ausencias que no duelen porque nunca prometieron nada. Pero hay otras que indignan porque se pagaron puntualmente. Iliana Karina Moraga Inzunza pertenece a esta última categoría: la del cargo cobrado, la del puesto ocupado sin ejercer, la de la política convertida en trámite personal. 

Tres periodos como regidora no se explican por trabajo, ni por resultados, ni por liderazgo. Se explican por la mecánica más vieja del sistema: estar, sin ser; cobrar, sin rendir; hablar, sin construir. Salvador Alvarado no tuvo una representante, tuvo una figura decorativa con salario.

Porque cuando se revisa su paso por el cabildo no aparecen batallas ganadas, iniciativas trascendentes ni gestiones que hayan cambiado la vida de alguien. Aparece el vacío. Y el vacío, cuando se prolonga siete años y los dos restantes, deja de ser casualidad para convertirse en una forma de parasitismo político.

Combativa, dicen. Sí, pero solo cuando el tema engorda el ego. Silenciosa cuando el debate exige compromiso real. Prudente cuando hay que incomodar al poder. Valiente únicamente frente al espejo. Esa selectividad no es estrategia: es cálculo.

Su trayectoria no es fruto del mérito, sino de la fidelidad. No del trabajo, sino del amparo. Y cuando el padrinazgo se extingue, el discurso se vuelve más estridente, más desesperado, más tentado a colgarse del dolor ajeno. Ahí es donde aparecen, tardíamente, las causas sensibles: el hospital que no existe, las emergencias que nunca llegaron, la angustia legítima de una población abandonada.

Pero usar el sufrimiento colectivo como salvavidas político es una de las formas más bajas de la simulación. Porque el dolor no se administra con palabras ni se resuelve con indignación selectiva. Se enfrenta con gestión, con presión, con resultados. Todo lo que no ocurrió.

No es difícil anticipar el siguiente acto de la regidora mencionada: recorridos por colonias marginadas, abrazos, escucha empática, promesas recicladas. No como ejercicio de responsabilidad, sino como despedida. Como intento tardío de justificar años de quincenas pagadas sin retorno social visible.

La función pública no es un botín ni una beca prolongada. Es un contrato moral con la ciudadanía. Y cuando ese contrato se incumple durante años, la responsabilidad no se diluye: se acumula.

Porque la política tiene algo que muchos olvidan: memoria. Y cuando el juicio ciudadano llegue —siempre llega— no preguntará cuántas veces ocupó el cargo, sino para qué sirvió. Ahí no habrá padrino, discurso ni causa prestada que alcance.

GOTITAS DE AGUA:

El dicho es brutal, pero justo: quien escupe hacia arriba termina marcado. En política, esa marca no es escándalo ni grilla. Es algo peor: la irrelevancia. Y esa, una vez ganada, no se borra. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”… 

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México Ahora
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