Las grasas saturadas son un tipo de grasa presente principalmente en alimentos de origen animal y en productos ultraprocesados. Aunque el cuerpo necesita grasa para funcionar, el consumo excesivo de este tipo en específico puede generar efectos negativos en la salud a corto y largo plazo.
Uno de los principales daños de las grasas saturadas es su relación directa con el aumento del colesterol LDL, conocido como colesterol “malo”. Cuando este se eleva en la sangre, puede acumularse en las arterias y dificultar el flujo normal, incrementando el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Diversos estudios científicos también han vinculado una dieta alta en grasas saturadas con un mayor riesgo de infartos, hipertensión y accidentes cerebrovasculares. Esto ocurre porque favorecen la inflamación y el endurecimiento de las arterias, afectando el funcionamiento del corazón.
Otro efecto relevante es su impacto en el control del peso. Las dietas ricas en alimentos altos en grasas saturadas, como frituras, embutidos y comida rápida, suelen ser más calóricas y pueden contribuir al sobrepeso y la obesidad, factores que a su vez elevan otros riesgos de salud.
En el ámbito metabólico, el consumo excesivo de grasas saturadas también se asocia con una mayor probabilidad de desarrollar resistencia a la insulina y diabetes tipo 2, especialmente cuando se combinan con un bajo consumo de fibra y actividad física limitada.
Especialistas en salud y nutrición recomiendan limitar la ingesta de grasas saturadas y optar por alternativas más saludables, como las grasas insaturadas presentes en el aceite de oliva, el aguacate, los frutos secos y el pescado, como parte de una alimentación equilibrada.
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